Procrastinación. Neurociencia con NeuroQuotient para entenderla y superarla

En este post explicaremos que sucede en el cerebro con la procrastinación. A partir de ahí plantearemos una estrategia para superarla.

La tendencia de cada persona a procrastinar será mayor o menor. Pocas son, sin embargo, las que pueden afirmar que nunca han procrastinado.

Empecemos por definir que es la procrastinación. Nos vale lo que dice la  Wikipedia:

La procrastinación, …, postergación o posposición es la acción o hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables.

A partir de ahí vamos a verlo desde NeuroQuotient.

Empecemos con unos ejemplos para ayudar a situar el problema.

Veamos un par de casos reales con los que nos hemos encontrado.

Ejemplo 1. Decía un cliente…

‘Cuando tengo que preparar un informe con una fecha límite de entrega, siempre espero al último momento. Sé qué el resultado, en cuanto a calidad del informe, sería mucho mejor si me lo tomara con algo más de tiempo. Además, evitaría el desgaste mental, y de estrés, de tenerlo continuamente presente’.

‘Pero, pienso que la espera no es tiempo perdido. Creo que mi mente no-consciente va trabajando. Así, en momento final, cuando me lanzo, las ideas están ya trabajadas’

Y añadía. ‘Aunque, la verdad, creo que necesito el chute de adrenalina para ponerme en marcha en el último momento’.

Ejemplo 2. Me contaba una amiga…

‘Tiendo a dejar las cosas para el último momento. Por ejemplo, cuando tengo que hacer una presentación o una formación. En ocasiones, ha llegado la hora de la verdad sin tener nada preparado’.

‘Pero, tengo la experiencia de que soy capaz de improvisar, y al final las ideas surgen con fluidez. Me crezco con la dificultad. Probablemente necesito esta presión para funcionar con toda mi capacidad’.

‘Sí, me gustaría superarlo. Pero este no es el momento. En otra ocasión, con más tiempo y tranquilidad, ya te pediré soporte’

En los dos casos se trata de personas con gran capacidad. Salen adelante sin problemas, respecto a la percepción de los demás. Por lo menos así lo creen ellas. Nosotros no estamos tan seguros de que así sea; sin procrastinación, muy probable, serían más valoradas.

El pensamiento recurrente en la procrastinación es: ‘Lo haré luego. Ahora no me apetece. No tengo ganas’

Estos ejemplos no servirán de ayuda para entender que sucede en el cerebro. Cómo es la neuro-conducta limitante (que no aporta buenos resultados) en la procrastinación.

Por un lado, siempre hay un proceso mental, un hábito de pensamiento (una creencia) que pretende justificar el aplazamiento. En esta parte está involucrada la corteza prefrontal (el cerebro pensante).

En el caso extremo de, digamos, ‘un super procrastinador’, el diálogo interno auto-justificante sería más o menos:

‘Lo haré luego’. ‘Ahora no tengo suficiente información’. ‘Más adelante, podré concentrarme mejor’, etc.

Para el ‘super procrastinador’ en demasiadas ocasiones el ‘luego’ no llega nunca. Se junta el hábito de la procrastinación en lo importante con la impulsividad en  la acción hacia cosas irrelevantes, buscando la recompensa inmediata. De impulso a impulso, lo importante se olvida.

En los dos ejemplos anteriores, la creencia auto-justificante puede ser, respectivamente:

‘Creo que mi mente va trabajando de modo no consciente’

‘Creo que tengo una gran capacidad de improvisación’

Pero, en todos los casos, el pensamiento subyacente lo podríamos dejar en:

‘Lo haré en otro momento. Ahora no me apetece. No tengo ganas’

No hay motivación.

¿Qué sucede en la parte límbica, emocional, del cerebro?

Motivación. Esta es la palabra clave que nos lleva a centrarnos en la parte más relevante de la neuro-conducta procrastinadora. Aquella parte que tiene lugar en el área límbica, emocional, del cerebro.

Recordemos primero cómo se ponen en acción los animales.

Pues, muy sencillo, por dos caminos y siempre con el objetivo de la supervivencia:

  1.  La vía de aumentar el placer. Con el sistema cerebral de recompensa. Ante señales sensoriales evocadoras de recompensa, de placer. El perro huele un trozo de carne y está motivado a comerlo. El neurotransmisor dopamina es fundamental en el sistema de recompensa.
  2. La vía de minimizar el dolor. Con el sistema de amenazas o del miedo y, a continuación, el del estrés. Para hacer frente o huir de las amenazas. En este sistema de las amenazas es clave la amígdala; y en el del estrés, el neurotransmisor noradrenalina en el cerebro y la neurohormona adrenalina en el cuerpo.

La motivación antecede a la acción, aunque el proceso es muy rápido y no somos concientes de ello

En el caso de los humanos, la principal diferencia es que estos sistemas los ponemos en marcha no sólo con la percepción sensorial directa. También con lo que imaginamos, y como dirigimos nuestra atención, con la corteza prefrontal.

En conjunto el proceso más eficiente en los humanos para pasar a la acción es:

  1. Motivación positiva, de acercamiento. Dopamina. Ganas de hacer. Algo cómo un  ‘esto me atrae’ no-conciente.
  2. Acción. Podríamos decir, ‘Luchado, de modo sano’. Con orientación a resultados no inmediatos. Invirtiendo energía de modo eficiente en la acción. Sin miedo ni estrés.

En algunos casos, en la procrastinación, no hay ni ganas (motivación de acercamiento) ni energía (para la acción). No es raro que, en ocasiones, pueda estar asociada a la depresión.

Pero, volvamos a los dos ejemplos anteriores. Es obvio que en ambos casos no aparece la motivación de acercamiento. Pasan a la acción, directamente, en el último momento. Como si hicieran frente a una amenaza. Con miedo, no con placer. Luchado o huyendo. En general, con la amenaza de que ‘no hay más remedio’, porqué no es posible esperar más.

En cuanto a la dopamina motivadora del sistema de recompensa, no sólo no la potencian con su enfoque de pensamiento en la CPF. Al contrario, con sus creencias auto-justificantes la están boicoteando.

Un nuevo neuro-comportamiento para superar el problema

Y así llegamos a la solución del problema. Con lo visto es bastante sencillo, por lo menos conceptualmente:

  1. Identifica aquellas situaciones en que tienes tendencia a procrastinar.
  2. ¿Alguno de los casos implica una limitación importante para ti? Es necesario, como siempre, tomar consciencia de que vale la pena solucionarlo. Pasar del tengo que solucionarlo (en algún momento, que es difícil que llegue) a quiero solucionarlo (ya).
  3. Reserva en la agenda un tiempo concreto (fecha y hora) para realizar aquello en que tienes tendencia a procrastinar. No sirve anotar solo la fecha de entrega.
  4. Identifica el hábito de pensamiento limitador. Tu ‘jerga’ autojustificadora. Así sabrás cuando estás en riesgo.
  5. Cambia a otro hábito de pensamiento, para sustituir al  limitante. Por ejemplo: Cuando he decidido hacer algo, en lugar de conectar con ‘ya lo haré luego’, pasar a ‘vale la pena que lo haga ahora’ o ‘lo paso bien haciéndolo’, para no darte la opción de auto-boicot.
  6. Ten a punto una fuente interna de dopamina. Seguro que en tú memoria hay experiencias que realizas con muchas ganas. Pues, en ellas está la dopamina. Basta con que te entrenes en poner la atención en una de ellas, así podrás acceder a tu dosis de dopamina cuándo la necesites.
  7. Una recomendación añadida. Si tienes una alta tendencia a procrastinar es probable que, también, con frecuencia pases a la acción de modo impulsivo, sin pensar demasiado. Aprovéchate de ello. Haz una cuenta atrás de 3 a 0, y !Lánzate! !No le des vueltas!

Así pues, ante las situaciones con tendencia a procrastinar, basta enfocar el pensamiento en la nueva creencia (o evitar la anterior), y poner la atención en la memoria aportadora de dopamina.

Diseñar y practicar una nueva neuro-conducta que aporte mejores resultados, mayor satisfacción

En fin, se trata de diseñar un nueva neuro-conducta. Y, claro, ponerla en práctica, para crear las conexiones cerebrales según el principio de Hebb. Lo complicado, eso sí, para vencer la procrastinación es evitar procrastinar.

Para finalizar, decir que las personas con TDA (trastorno de déficit de atención) tienen una alta tendencia a procrastinación. Es lógico, acostumbran a tener un nivel de dopamina insuficiente para poner en marcha la motivación de acercamiento.

Endorfinas y estado de ánimo. Placer y dolor.

Escribir sobre las endorfinas y el estado de ánimo, y su relación con placer y dolor, estaba en la agenda de NeuroQuotient desde hace tiempo.

Unas palabras de Marta Ligioiz -ponente en una jornada de AEDIPE Cataluña sobre ‘neurociencia aplicada a la gestión de personas’- me lo recordaron.

Hablando de las endorfinas, dijo algo así: ‘Hay días que nos duele todo y cada vez nos sentimos peor. No somos conscientes de que precisamente nos duele todo porque nuestro estado de ánimo está muy bajo. Animarnos es el camino para encontrarnos físicamente mejor’.

Y es que placer y dolor están íntimamente conectados. Con el estado de ánimo positivo se generan endorfinas que no sólo producen placer, sino que calman el dolor. Todo lo contrario del círculo vicioso negativo: ‘no me encuentro bien, todo me duele, cada vez me desanimo más y siento mayor dolor’.

Pero ¿qué sucede en el cerebro para que endorfinas, estado de ánimo, y placer y dolor estén conectados?

Vamos a explicarlo a partir de un estupendo artículo de Siri Leknes y Irene Tracey (A common neurobiology for pain and pleasure – Nature Reviews Neuroscience). Este artículo fue muy importante en la consolidación del modelo NeuroQuotient para explicar las bases cerebrales de la conducta.

Pues bien, la clave está en el sistema cerebral de recompensa, el que favorece comportamientos que son recompensados con placer. Tratamos sobre es sistema de recompensa en un post anterior sobre el TDA.

El neurotransmisor central del sistema de recompensa es la dopamina que se genera en el ‘area tegmental ventral (ATV) en el mesencéfalo.  Cuando llega una señal sensorial de recompensa al ATV, se libera dopamina en otro centro límbico del cerebro, el núcleo accumbens (NAc).

Es muy importante tener en cuenta que la señal sensorial puede ser vivida, o recordada o imaginada. ¡Nuestro cerebro no las distingue!. De ahí que ‘enfocarse’ en positivo, o no, sea determinante en cuanto a placer y dolor.

También vale la pena recordar que la dopamina no proporciona directamente placer. Solo interviene en la motivación de los comportamientos placenteros. La sensación de placer -la experiencia hedónica- está relacionada con otras moléculas. Con un tipo de neuropéptidos, concretamente con los opioides endógenos, de los que forman parte las endorfinas.

Se llaman opioides porque se unen a los mismos receptores que los derivados del opio, cómo la morfina, la heroína, etc. Son endógenos por que los genera el propio organismo. Y se les clasifica según el tipo de receptores sinápticos por los que tienen mayor afinidad. Las endorfinas son los que tienen mayor afinidad por los receptores  µ (mu).

En las endorfinas está la explicación de la relación entre placer y dolor

Las endorfinas -que se liberan, también, en el NAc-  no sólo aumentan la sensación de placer, también actúan como analgésicos, calmando el dolor.

El estado de ánimo positivo pone en marcha el sistema de recompensa generando endorfinas que aumentan el placer y disminuyen el dolor

Pero, además, la dopamina  y los μ-opioides están relacionados. Se ha comprobado que las endorfinas aumentan con la dopamina fásica (la que se libera de modo específico, ante un estímulo anticipatorio de una recompensa). Las endorfinas, por contra, disminuyen con la dopamina tónica (que se libera de un modo más constante, cómo un ruido de fondo). No toda la dopamina, igual cómo suscede con la serotonina, es igual.

Y todavía más, las endorfinas aumentan la dopamina fásica (inhibiendo las interneuronas GABAérgicas del ATV, *importante, ver al final)  y disminuyen la dopamina tónica. Es decir, dopamina fásica y endorfinas se refuerzan mutuamente. Podemos decir que entramos en un bucle en que positividad y placer se retroalimentan.

estímulo predictor de recompensa (estado de ánimo positivo) -> dopamina fásica (motivación) -> endorfinas (más placer y menor dolor) -> más dopamina fásica -> mejor estado de ánimo

Ahí está, pues, la explicación a la propuesta de Marta Ligioiz. Recordando una vez más que el estímulo predictor de recompensa puede ser interno (imaginado o recordado). Es decir, el estado de ánimo positivo aumenta el placer y disminuye el dolor; mejorando el estado de ánimo.

A la inversa, claro, también vale. O mejor, no vale. El desánimo, genera menos placer y más dolor, y refuerza el estado de anímo negativo.

No olvides que al tomar benzodiazepinas para tranquilizarnos, también afectamos negativamente el estado de ánimo. Las benzodiacepinas frenan el sistema de recompensa.

*Tener en cuenta que el GABA es el principal neurotransmisor modulador.  Al disminuir el GABA se libera más dopamina. No olvidar que las benzodiacepinas que se usan para calmar la ansiedad, disminuir el estrés y como somníferos, actúan como el neurotransmisor GABA en las interneuronas de la amígdala. También actuan en el área tegmental ventral (ATV), frenando la liberación de dopamina fásica, con la consiguiente pérdida de respuesta ante los estímulos predictores de recompensa y afectando el estado de ánimo.

 

Asertividad en el cerebro. Sistema de amenazas o del miedo.

En este artículo queremos tratar sobre asertividad desde el punto de vista de la neurociencia. ¿Qué ocurre en el cerebro que dificulte la asertividad? ¿Cómo podemos aprovechar los fundamentos de neurociencia que aprendemos con NeuroQuotient para aumentar la asertividad?

Concepto de asertividad

Empezaremos por definir que entendemos por asertividad. Veamos que dice Wikipedia

‘La asertividad consiste en conocer los propios derechos y defenderlos, respetando a los demás… Como estrategia y estilo de comunicación, la asertividad se sitúa en un punto intermedio entre dos conductas polares: la pasividad, que consiste en permitir que terceros decidan por nosotros, o pasen por alto nuestros derechos; y … la agresividad, que se presenta cuando no somos capaces de ser objetivos y respetar las ideas de los demás’.

Entendemos la asertividad como un punto intermedio entre la agresividad y la pasividad.

Es importante tenerlo en cuenta, ya en algunos lugares y acepciones se define a la persona asertiva como más cercana a actuar con dominancia y/o agresividad. ‘Dada a hacer afirmaciones o demandas audaces; dogmática o agresiva’.

¿Pero, qué sucede en el cerebro cuando la asertividad es baja? Cuando estamos lejos del punto medio entre agresividad y pasividad.

Respuesta del (cerebro) animal a las amenazas a su supervivencia

Para entenderlo más fácilmente empezaremos por ver qué sucede en el cerebro de los animales.

Ante una señal de amenaza en el cerebro animal se pone en marcha la amígdala y el estrés, para luchar, huir o pasar desapercibido.

Ya hemos visto alguna vez que los animales captan señales del entorno con sus sentidos, y su memoria de especie guía su respuesta a estas señales. La respuesta depende del sistema cerebral límbico que la conjunción señal/memoria ponga en marcha.

Uno de estos sistemas cerebrales es el de las amenazas o del miedo. El que responde a las señales que la memoria considera amenazantes para la supervivencia. Recordar que hay tres tipos de tipos de respuestas: lucha, huida o bloqueo.

Sí puede hacer frente a la amenaza, el animal ‘lucha’. Si no, huye. Si la amenaza es muy grande, de tal modo que al huir sólo se haría más evidente ante su predador, entonces se queda quieto, paralizado, bloqueado. Es la respuesta de especie de un conejo ante los faros de un coche. En este caso mal-adaptativa, ya le puede valer para pasar desapercibido frente a un halcón, pero es muy probable que el coche lo atropelle.

Dentro del cerebro, la señal y la memoria (hipocampo) activan la amígdala (el centro límbico de las amenazas o del miedo). La amígdala pone en marcha la noradrenalina en el cerebro y la adrenalina en el cuerpo. Es decir, la vía rápida del estrés, que sirve tanto para luchar como para huir.

¿Y en el cerebro humano, que sucede?

Pues, también tenemos es sistema de amenazas o del miedo. En nuestro caso, pero, no sólo se activa con las señales del entorno. Sino que también lo podemos poner en marcha con el pensamiento, con la imaginación y con los recuerdos; más allá de la memoria de especie.

Con baja asertividad expulsamos el estrés hacia fuera con agresividad o lo retenemos dentro y mostramos pasividad.

Nuestra actuación, nuestra conducta, puede ser agresiva (si conectamos con la respuesta de lucha animal) o pasiva (si conectamos con la huida o con el bloqueo).

Veámoslo. Imaginemos una situación social en la que queremos que se respeten nuestros derechos, nuestras necesidades, con baja asertividad:

Si tenemos tendencia a la respuesta de lucha, con las señales externas -amplificadas por las internas (imaginadas o recordadas inconscientemente)- se pondrá en marcha la amígdala y, continuación, el estrés para ‘luchar’. Pero, cómo es poco habitual que acabemos a ‘bastonazos’, entonces liberamos el estrés con ira y agresividad. Gritando. Y los demás nos perciben como agresivos, prepotentes, arrogantes. Poco asertivos, y perdemos su confianza.

Si somos más propensos a la respuesta de huida. Entonces, con las señales externas e internas, también se pone en marcha la amígdala y, a continuación, el estrés. En este caso para ‘huir’. Pero, no es muy normal que salgamos huyendo en una situación social que percibimos como una amenaza (en todo caso la evitamos de entrada o tenemos ganas de que acabe). Así que la energía del estrés queda dentro del cuerpo. Nos sentimos nerviosos, incapaces de pensar y mentalmente bloqueados. No sabemos que decir. Callamos y no defendemos nuestras necesidades. Nos manifestamos con baja asertividad. Con pasividad. Mostramos poca confianza en nosotros mismos.

La herramienta NeuroQuotient nos ayuda a ver de que modo conectamos, normalmente, inconscientemente, con este tipo de conductas.

asertividad
Fig 1. ¿Tanto detrás de las conductas pasivas y como de las agresivas está el sistema de amenazas? ¿Son también ambos tipos de conductas una muestra de miedo?
¿Cómo podemos aumentar la asertividad? ¿Cómo podemos alejarnos de la agresividad o de la pasividad?

Repasemos un poco:

  1. En ambos polos, con baja asertividad, está el sistema de las amenazas o del miedo.
  2. En el centro de este sistema está la amígdala cerebral que pone en marcha el estrés.
  3. Con nuestro foco de atención externa y/o interna amplificamos las señales de amenaza (miedo).

¡Se tratará pues, en primer lugar, de procurar no excitar la amígdala innecesariamente!

Además, ya hemos comentado alguna vez que en entre la parte de la amígdala que recibe la señal y la que pone en marcha el estrés, están las neuronas CIT.  Células intercaladas de GABA.

El GABA es el principal neurotransmisor modulador. Estas neuronas las podemos activar con nuestro pensamiento. Con la CPF (corteza prefrontal), resignificando, reencuadrando. Conectando con otras memorias que no impliquen amenazas, sino seguridad (tranquilidad y/o autoconfianza).

  1. Con nuestro foco de atención externa y/o interna podemos disminuir las señales de amenaza (miedo) y aumentar las de auto-confianza (no agresiva).
¡Con nuestro pensamiento podemos calmar o pre-calmar la amígdala!
Otra estrategia para el polo agresivo de la baja asertividad. La empatía.

Hay otra forma de activar las neuronas de GABA y tranquilizar la amígdala: La oxitocina.

Las personas con mayor nivel de oxitocina son más propensas a la confianza y colaboración. Habrás oído hablar de un estudio de Konsfeld en el que demostró que la oxitocina (exógena) favorece la confianza y la cooperación. La razón es que la oxitocina a través de activar las neuronas CIT de GABA calman la amígdala y producen tranquilidad y bienestar.

Pero estamos convencidos que no sólo la oxitocina favorece este tipo de conductas, sino que este tipo de conductas aumentan la oxitocina.

La cooperación, confianza, colaboración, implica poner atención a las necesidades de los demás. Empatizar con ellos.

  1. Con alta tendencia al polo agresivo. El vivir experiencias de confianza y colaboración, aumenta la satisfacción y calman la amígdala.

¡Podemos disminuir la reactividad de la amígdala practicando conductas empáticas y de colaboración!

Finalmente, una vez somos capaces de gestionar el sistema de amenazas o del miedo, y de calmar la amígala, es necesario desarrollar una estrategia de comunicación: Cómo expresar nuestras necesidades con asertividad.

Pero esto va más allá del objetivo en este post.

Sobre ellos encontrarás cursos y libros en la red.

Psicología y neurociencia. El principio de Hebb

Relacionando psicología y neurociencia.

Para hablar de psicología y neurociencia, con la intención de explicar la conducta a partir de sus fundamentos cerebrales, tenemos que remontarnos a Donald O. Hebb.

En este post de NeuroQuotient vamos a tratar sobre el ‘principio’ más citado en psicobiología, o neurociencia de la conducta, la regla de Hebb o del aprendizaje hebbiano (Hebb learning rule). Lo haremos a través de una analogía.

Antes de empezar, queremos recordar que, neuroquotient, partiendo de las bases cerebrales de la conducta, se concreta en una herramienta que convierte la relación entre psicología y neurociencia en accesible. De este modo, podemos aplicar la neurociencia de modo práctico y eficiente al desarrollo de personas.

Pero, practicidad, eficiencia y accesibilidad, no quiere decir superficialidad. Por esta razón, antes de entrar en la analogía hemos querido ir a los orígenes. A Donald Olding Hebb. Del mismo modo que al tratar del modelo que hay detrás de la herramienta DISC visitamos el planteamiento original de William Moulton Marston.

Donald O. Hebb y su aportación

Donald Olding Hebb (1904-1985) fue un psicólogo canadiense pionero de la neuropsicología (del estudio de la relación entre psicología y neurociencia).

Su aportación más importante está condensada en el libro, The Organization of Behaviour: A Neuropsychological Theory, John Willey and Sons (1949).

El libro ‘La Organización del Comportamiento’ aporta una teoría sobre la conducta basada  en la fisiología del sistema nervioso.  Hace un importante intento para encontrar lo común entre las concepciones neurológicas y psicológicas.

Dice Hebb, textualmente: “Un objetivo de este libro es presentar una teoría de la conducta para la consideración de los psicólogos. Pero otro objetivo es perseguir una base común con los anatomistas, fisiólogos y neurólogos (ahora los podríamos agrupar como neurocientíficos). Así mostramos como la teoría psicológica se relaciona con sus problemas (de los neurocientíficos)  y, al mismo tiempo, facilitamos que ellos contribuyan a esta teoría”

Añade que “el problema de entender la conducta es el de comprender la acción total del sistema nervioso, y viceversa”.

En su propósito de tender puentes entre psicología y neurociencia (incipiente entonces), en 1944 entró en contacto con Rafael Lorente de Nó (un investigador español, discípulo de Santiago Ramón y Cajal, afincado en USA). Hebb fundamentó parte de su teoría en los trabajos sobre los ‘bucles sensoriales de Lorente de Nó’.

El principio o regla de Hebb 

Dice Hebb, que “cuando el axón de una célula A está suficientemente cerca para excitar una célula B y toma parte en su activación de un modo repetitivo y persistente, tiene lugar algún tipo de proceso de crecimiento o de cambio metabólico en una o ambas células, de modo que aumenta la eficiencia de la célula A en la activación de la B”.

‘Las neuronas que se activan juntas refuerzan su conexión’

Se acostumbra a resumir en inglés cómo “neurons that fire together wire together”. Es decir, la activación simultánea de neuronas cercanas conduce a un aumento de la fuerza de conexión sináptica entre ellas.

Es importante resaltar que las neuronas deben estar previamente conectadas, suficientemente cerca una de la otra, para que la sinapsis pueda ser reforzada.

A principios de los años 70 se descubrió la LTP (long term potentiation) o PSP (potenciación a largo plazo) que confirmó la teoría de Hebb. Se demostró que tienen lugar cambios morfológicos, desdoblamientos en la dendritas receptoras del hipocampo (centro de la memoria) que refuerzan la conexión sináptica.

En fin, el principio de Heb es fundamental para la relación entre psicología y neurociencia, ya que proporciona un marco general para relacionar la conducta con las redes neuronales.

La analogía. !Por fin!

70 años después de la teoría Hebb la relación entre psicología y neurociencia está fuera de discusión. Está claro que, la conducta se origina en el cerebro y que está fundamentada en redes o patrones neuronales.

Veamos ahora cómo podemos explicar el principio de Hebb a través de una analogía.

Los surcos en una colina que se hacen más profundos a medida que baja más agua por ellos, nos ayudan a visualizar el principio de Hebb y su relación con la conducta.

Imagínate una pequeña colina artificial de tierra (Fig 1).

En ella hay unos pequeños surcos (Fig 1. izquierda) que equivaldrían a las sinapsis inactivas pre-existentes.

Cuando llueve con repetición y persistencia, algunos de estos surcos se van haciendo más profundos y el agua desciende principalmente por ellos (Fig 1. derecha). De  modo análogo, algunas conexiones sinápticas pre-existentes al activarse, con su uso, se van haciendo más fuertes. El ensamblaje de varias neuronas conectadas fuertemente se convierten en la base de un aprendizaje o un hábito.

psicología y neurociencia
Fig1. Algunos de los pequeños surcos de la izquierda, con la lluvia, con el uso, se convierten en grandes surcos por dónde baja el agua.

En el contexto NeuroQuotient, a los hábitos, aprendizajes o mejor, patrones de comportamiento, los llamamos neurocomportamientos o neuroconductas: conexiones cerebrales que dan lugar a una conducta compleja (hacer, pensar y sentir) que se repite con mayor probabilidad y facilidad.

Cuando nos conducimos (pensamos, hacemos, sentimos) de un modo determinado las conexiones neuronales subyacentes se activan y se van reforzando. De este modo, cada vez es mayor la frecuencia e intensidad de la correspondiente conducta.

Así pues, el comportamiento está fundamentado en conexiones neuronales potentes, por esta razón resulta difícil cambiarlo.  Volviendo a la analogía, cuando más profundos son los surcos es mucho más probable que el agua descienda por ellos.

Si las neuroconductas no nos aportan satisfacción, si nos limitan, vale la pena modificarlas

Está muy bien el disponer de patrones cerebrales que guíen nuestra conducta compleja, nuestro modo de hacer pensar y sentir. Si no existieran tendríamos que empezar de cero cada día.

¿Pero, está bien siempre? Pues, depende de los resultados (satisfacción) que se derive de nuestra conducta. De donde vaya a parar el agua que desciende por los surcos.

Recordar que la herramienta neuroquotient nos ayuda a tomar conciencia de cuando vale la pena insistir en el surco o de si vale la pena cambiar. Eficacias (neuroconductas con resultados satisfactorios) y limitaciones (patrones que no nos aportan satisfacción).

Y si cuando las neuroconductas nos limitan, entonces vale la pena cambiarlas.

¿Es posible hacerlo? ¿Y si es posible, cómo?

Pero, ésto será objeto del uno de los próximos posts.